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YO SOY EL MENSAJE

Cuenta la historia que hace años, entre una multitud, una persona se acercó a Gandhi y le entregó un pedazo de papel y lápiz, rogándole al gran hombre que le escriba un mensaje trascendental, que le pueda cambiar la vida. Así, el líder de masas garabateó algo y devolvió el papel al pequeño hombre, el cual quedó perplejo al leer lo ahí escrito: “Yo soy el mensaje”.

Hoy más que nunca, el mundo necesita consistencia. En medio de epidemias, conflictos y una cultura masificada de fakeness, desde fake news hasta influencers que solo se influencian a sí mismos, el mensaje de Gandhi se vuelve más vigente que nunca.

“Yo soy el mensaje”, para mí, no quiere decir otra cosa que cada uno de nosotros es el mensaje de lo que somos, por lo que vivimos y por lo que estaríamos dispuestos a morir. Y esto, en mi industria, la del franchising, hace alusión a lo que es y debemos valorar como “calidad”, que no es otra cosa que la consistencia; consistencia en los productos y servicios que elaboramos y comercializamos, consistencia en la experiencia de compra y consumo de éstos, pero también algo que solemos subestimar: consistencia en los mensajes que damos a nuestros colaboradores y en los mensajes que éstos transmiten al ecosistema del que somos parte.

Esto es, ¿si soy un franquiciador de éxito, pago sueldo mínimo a mis empleados pero compro obras de arte por cientos de miles de euros? ¿Digo que quiero crear una marca que revolucione una categoría, pero contrato directores de expansión que sólo buscan encontrar incautos para llegar a su cuota del mes? ¿Pregono que soy un líder y un visionario, pero cuando un desconocido me envía un mensaje diciendo que quiere intercambiar ideas conmigo, no respondo? ¿Quiero hacer de este mundo un lugar mejor para sus habitantes, pero ando por ahí como si hubiese descubierto el fuego o la cura para el cáncer?

Sí, creo que Gandhi dio en el clavo y con poco enseñó mucho. Si cada uno de nosotros fuese fiel a lo que somos y al legado que queremos dejar, algunos nos querrían y otros no, al menos seríamos auténticos, al menos seríamos nuestro propio mensaje. Tarea titánica, por cierto.

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